| Contrajo matrimonio con doña Josefa Ramírez de Arellano y
Baquijano, teniendo catorce hijos. Uno de ellos, Mariano, se casó con
Francisca Pardo y Lavalle, siendo uno de sus hijos Pedro de Osma y Pardo,
casado con Angélica Gildemeister y Prado, siendo sus hijos Angélica y Pedro
de Osma Gildemeister. El apellido Osma proviene del nombre Uxama con el
que se designaba a una ciudad de los celtíberos arévacos ubicada en la
sierra de Cameros, en la provincia de Soria, a orillas del río Ucero, en
España. En la primitiva época cristiana, fue, según se cree, sede de un
obispado.
La cuna de los antepasados de Don Gaspar de Osma y Tricio fue el lugar
denominado Osma del Duero, donde se encuentra Burgo de Osma. Su primer
prelado luego de la Reconquista fue el monje francés Pedro de Vituris quien,
hacia el año 1090, mandó construir a la otra orilla del Ucero, en el barrio
denominado El Burgo, una primitiva iglesia catedral que luego fue
reconstruida por el Caballero del Señorío del Duero de Osma para así
convertirla en la segunda catedral más importante de España, A este Pedro de
Vituris se le llamo desde entonces Pedro de Osma, quien luego fue
santificado como San Pedro de Osma. El sepulcro de San Pedro de Osma se
encuentra actualmente en el centro de la antigua Sala Capitular de la
Catedral del Burgo de Osma. El sepulcro es magnífico y lleva un friso
policromado con la historia del primer encuentro entre el señor de Osma y el
entonces obispo Pedro.
En todos los tiempos los bienes eclesiásticos han excitado la codicia de los
poderes seculares. La iglesia de Osma no era ciertamente muy rica en
posesiones temporales; sin embargo, lo poco que tenía era codiciado por el
que allí ejercía el Señorío, un caballero brutal que tenía más de moro que
de cristiano y que, no contento con haber despojado a la Iglesia y al obispo,
imponía, además, fuertes tributos a los fieles, En un principio San Pedro
hizo oír su voz con dulzura; pidió que se devolviese el patrimonio de los
pobres y que se dejase de atormentar a su rebaño. El caballero respondió con
una negativa arrogante. El obispo, justamente indignado, lanzó al culpable
los rayos de la Iglesia y le apartó la comunión de los fieles. Al saber lo
que él llamaba la audacia de Pedro, el ladrón se mostró irritadísimo, “me
beberé la sangre del traidor” dijo en su lenguaje feroz.
Sin embargo, atacar al Santo en el Burgo, en medio de su pueblo que lo amaba
tiernamente, le pareció demasiado atrevido. Prefirió aguardar una
circunstancia que le entregase en sus manos sin defensa y la ocasión no
tardó en presentarse. Un día supo el caballero que Santo salía de la ciudad
episcopal para dar principio a la visita a su diócesis, y fue a apostarse en
el camino, cerca del pueblo de San Esteban de Gormaz, esperando degollar a
su víctima al paso. Ya se acercaba el cortejo del santo y el asesino se
preparaba a cometer su crimen sacrílego, cuando de pronto se vio acometido
por agudos dolores; cayó al suelo y revolcó en el polvo con movimientos
convulsivos. El demonio se había apoderado del desgraciado. Sus hombres de
armas le rodearon, lanzando gritos desesperados. A sus gritos acudió el
obispo y en el que se retorcía a sus pies reconoció a su enemigo. Sin
mostrar ninguna emoción el piadoso pastor se posternó, oró por el
infortunado y lo levantó curado del cuerpo y del alma. Desde entonces los
bienes de la Iglesia no tuvieron defensor más intrépido que el señor de Osma. |