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Museo Pedro de Osma
 

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MPO 01.10.09] “La justicia en su laberinto†de Gerardo Chávez.

Nota de Prensa 

 “LA JUSTICIA EN SU LABERINTOâ€

Exposición de Gerardo Chávez

Galería de arte temporal del Museo Pedro de Osma

“La justicia en su laberinto†es el título de exposición pictórica que Gerardo Chávez exhibirá desde el 1º hasta el 27 de septiembre 2009 -de martes a domingo en horario corrido de 10.00 a 18.00 horas-  en la galería de arte temporal del Museo Pedro de Osma.

Esta esperada muestra, luego de cinco años de ausencia en las galerías de Lima,  será una realidad gracias al decisivo auspicio de Telefónica del Perú S.A.A.

La tierra es el material fundamental del que se sirve Gerardo Chávez para crear,  porque pertenece a lo ancestral, a las raíces. Trabajar con la tierra es para Chávez parte de un juego que le permite dialogar con su obra mientras "se mancha las manos". La tierra le otorga la capacidad de hablar más claro y con mayor transparencia. Sus cuadros son una mezcla de tierras finas (no cualquiera es válida), barros (tierra mojada) y rocas (tierra petrificada) a la que incorpora pigmentos minerales con los que consigue su paleta de colores: los ocres naturales, los blancos y los negros más profundos. El yute es el soporte perfecto para obtener trazos bruscos y su rústica textura le concede la posibilidad de afinar la sensualidad de manera más intensa que con cualquier otro soporte.

Gerardo Chávez López nació el 16 de noviembre de 1937 en Trujillo, Perú. Se graduó en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de Lima. En 2001 creó en su ciudad natal la Fundación Gerardo Chávez y el Museo del Juguete Antiguo. En 2006 inauguró el primer Museo de Arte Moderno del Perú en Trujillo. Ha sido condecorado con la Orden del Sol y nombrado Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés. A participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas. Sus obras se encuentran en colecciones privadas y algunos museos.

Sus últimas exposiciones individuales son:
–1999. "Ritmo de lo fantástico". Museo de Arte Latino. Long Beach, Estados Unidos.
–2001. Retrospectiva. Instituto de Cultura Peruano Norteamericano (ICPNA Miraflores). Lima, Perú.
–2004. "El país de Roberto Matta". Exposición homenaje. Museo de las Artes Visuales. Santiago, Chile.
–2008. "La Reconquista". Chapelle des Ursulines. Quimperlé, Francia.
–2009. "La justicia en su laberinto". Museo Pedro de Osma. Lima, Perú.

Los once son los cuadros de gran formato que conforman la exposición “La justicia en su laberinto†son los siguientes:

La justicia en su laberinto

2008

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

5 x 6 m

Los de acá y los de allá

2009

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 12 m

Los invisibles

2006

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

Los hombres de Chan Chan I

2005

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

Los hombres de Chan Chan II

2006

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

Los hombres de Chan Chan III

2008

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

La justicia en su laberinto (Estudio)

2008

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

1,9 x 2,3 m

Los de afuera

2009

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute y madera

1,6 x 2,3 m

La comparsa

2008

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

La señora de Cao

2006

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

2 x 2,5 m

Los Cautivos

En constante evolución

Técnica mixta. Barro sobre tela de yute

 

A continuación, el texto que el Dr. Luis Enrique Tord ha escrito especialmente para el catálogo de esta exposición:

GERARDO CHÃVEZ O EL TRIUNFO DE EROS

Por Luis Enrique Tord

En cada oportunidad en que Gerardo Chávez nos invita a una exhibición de sus obras el ambiente se impregna de una atmósfera pagana. O, dicho de otra forma, el espacio en que se realiza la muestra se transforma en un festival mágico en que este chamán convoca a seres de otros mundos  que ¡al fin! vienen a trastocar con sus danzas, sus movimientos eróticos, sus sonrisas, su música, la densa solemnidad post burguesa de nuestra época. Y a burlarse y remover a la peor de las solemnidades: la de las revoluciones disecadas que repiten gestos sin alma, rebeliones de salón, conversaciones de te de tías, la de esa palabrería abstrusa de los comentadores que ven en cada pincelada una renovación que ya parece imposible luego de que alguien exhibiera un lienzo que mostraba lo que en gran parte es el arte plástico actual: una tela en blanco.

El artista como chamán. Sí. Alguien capaz de invocar las fuerzas profundas que hacen marchar el mundo. Alguien que es entusiasmado por un maravilloso sentido lúdico en que reina Eros venciendo a Tánatos. Entusiasmado, sí, en la formidable acepción  griega de este concepto: el que es animado por los dioses. De similar manera que en la poesía, en que abundan los versificadores pero son escasos los poetas -entendidos como profetas, reveladores, inspiradores-, en la plástica hay una inflación de pintores y una preocupante carencia de maestros de la pintura. Y afloran muy de vez en cuando el Amor y el Juego, esas dos poderosas fuerzas míticas irresistibles que en la época contemporánea se expresan a través de un talento, como el del maestro trujillano, que escapa al espacio ocupado por el decorativismo, el espectáculo pasajero y el banal entretenimiento a que se ha reducido mucho de la actividad pictórica actual, peligrosamente entremezclada con el disolvente mercantil.

Mercantil, sí. Aquel ajetreo de dinero e intereses que amenaza con asesinar algo esencial del genio: la gratuidad. Esa generosidad esencial que es el sello indeleble que todo gran creador deja grabado a fuego en su obra. Aquello que palpita en la profundidad de su ser y que es más grande que él pues lo empuja, con frecuencia a pesar suyo, a hacer lo que hace.

Aquello de “pagano†le viene a Chávez desde antiguo. Ahí está su juvenil fascinación  por las figuras rupestres de Tasili n´Adyer en Argelia, los monolitos de la Isla Pascua, las pinturas de la cueva de Altamira, los textiles y ceramios prehispánicos mochicas, las máscaras africanas. Es decir, todo un viaje a los fundamentos de la humanidad, a los primeros trazos de su genio, a sus iniciales manifestaciones lúdicas. Un dejar descansar la fatigada, la limitada, la impotente Razón, para seguir el camino de los héroes: internarse en el laberinto para enfrentar al Minotauro cara a cara. Sin subterfugios. Como sólo lo puede hacer un artista: sin fragmentar la realidad en la azarosa busca de mil y una explicaciones que tienden a concluir en un pantano de raciocinios del  cual se hace difícil liberarse para volver a intentar la comprensión de la unidad. Ir en busca de ella, de la unidad, mediante la intuición, la iluminación si se quiere, mediante aquella llama que alumbra como un  fogonazo aquello que la rutina impide ver, es lo que logra la penetrante mirada del artista, capaz de percibir la maravillosa multiplicidad del mundo tras el velo de las apariencias.

En esta aventura se agita desde hace cincuenta años este maestro nacido en La Libertad, en aquel norte que hoy revive más vital que nunca en la vastedad de sus playas calientes, en el poderoso movimiento de su mar, en sus alimentos sabiamente condimentados, en el continuo descubrimiento de sus refinadas e inteligentes culturas constructoras de acueductos, de cerámicas que narran los avatares de su existencia, de exquisita orfebrería, en los edificadores de su serena arquitectura virreinal, en los forjadores de la emancipación americana, en sus trágicas revoluciones  republicanas y en la generosidad de sus filántropos, como es el propio Chávez, fundador del Museo del Juguete y del admirable Museo de Arte Moderno de Trujillo.

En esta ocasión, como un adelantado de otros tiempos, el maestro cuelga su obra reciente bajo un  nombre de resonancias tormentosas: “La justicia en su laberintoâ€.  Y allí están sus intensos personajes fantásticos que se entreveran en el quehacer humano, naciendo de la tela de yute color barro y pintados con pastas policromadas fabricadas por el propio artista. Personajes que se apoderan del espacio y que vibran como aquellos espléndidos dibujos de los cerámicos mochicas que narran historias de éste y de otros mundos. Personajes que constituyen la mitología particular del maestro y que transcurren en una danza de cuerpos antropomorfos y zoomorfos en que no falta la nota musical, los remotos sueños infantiles, la alegría del amor y de lo erótico o la alegoría de la ciega justicia  blandiendo una aguda espada en el aire en ese lienzo imponente, que da nombre a la exposición, que es “La justicia en su laberinto†donde los seres que pueblan sus sueños ancestrales- y sus pesadillas- trabajados con el barro, las anilinas y los vegetales de la propia naturaleza.

En algunas telas –Los de acá y los de allá- otros personajes parecen decomponerse en una sucesión de cabezas cuyas expresiones logradas con trazos ágiles y sencillos insinúan como una intimidad oculta y sorprendida encerrada en esos ojillos minúsculos que observan con desconfianza al espectador. Y las inquietantes efigies de La señora de Sipán, que son como apariciones de otro mundo. O aquellas vibrantes y complejas del lienzo Los invisibles. O el que nos remite a su célebre Procesión  de  la papa, de 1995, aunque en Hombres de Chan Chan IV es más bien una figura humana la que es llevada a hombros del cortejo.

Estos personajes lo persiguen a Chávez desde sus inicios, hace ya medio siglo, cuando en sus obras primerizas los fijaba como seres tensos y desgarrados. Más tarde, la  larga estadía en Francia, los encuentros decisivos con Roberto Matta y Wifredo Lam, la atmósfera surrealista, la observación de las obras originales de los grandes maestros, la lectura de Lautréamont, Nerval, Rimbaud, Baudelaire, Eluard, Bachelard, gravitarían en la evolución de una obra en que ha forjado series memorables –El último ídolo, El otro Ekeko, La procesión de la papa, Mitologías del futuro, Los caballitos de Amador, Aenigma-  hasta las magníficas realizaciones actuales en que los seres que lo habitan son personajes coloridos, exultantes, vitales, que exhalan una sensualidad entre carnal y onírica, regocijados siempre en la existencia misma. Una existencia que es una perpetua celebración. Una celebración de la que están concientes esos personajes que exaltan la plenitud que ha alcanzado la obra de su creador, uno los más brillantes pintores de nuestro continente, como se aprecia en Capricho, en que los hijos de su imaginación saltan eufóricos fuera de los extremos del lienzo.

Esa fiesta original, lúdica, pagana, invade así, una vez más, el alma de los contempladores a los que el maestro permite participar en el breve pero intenso momento de una notable  exhibición.

Septiembre 2009

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