El Museo Pedro de Osma se complace en anunciar la exposición “Vírgenes” en su galería temporal.
Se trata de un conjunto de dieciocho lienzos de gran formato que representan a la Virgen María en las distintas advocaciones en que fue plasmada por los artistas del virreinato del Perú, entre los siglos XVII y XVIII.
Así tenemos, entre otras, a la Inmaculada Concepción, a la Virgen de los Desamparados, a la Virgen de Belén, a la Virgen de la Estrella, a la Virgen de la Merced, a la Virgen de la Leche así como a Nuestra Señora del Rosario de Pomata, Nuestra Señora de Guadalupe; Nuestra Señora de la Antigua, a Nuestra Señora de la Candelaria de Tenerife.
Ninguna imagen del repertorio cristiano ha congregado en torno suyo a una multitud tan grande de seguidores como la Virgen María. A ello ha contribuido en gran medida su propia leyenda que ha movido a compasión y admiración a los devotos del mundo entero quienes ven en ella al personaje celestial más cercano a las emociones humanas. Su papel de redentora y protectora propició un culto extendido en pueblos y regiones, acrecentado a través del tiempo. El arte de las catacumbas nos ofrece la primera de sus imágenes que la presenta en su función simbólica de alimento espiritual mediante la creación de un tema conocido como la Virgen de la Leche. A partir de allí se suceden diversas formas de representación plástica donde cada una alude a un concepto encomiástico que se concretiza con atributos, signos y símbolos que acompañan a la imagen y en los que se manifiesta la fe popular.
Como sabemos, proveniente de los países católicos de Europa, llegó a América un grupo de advocaciones marianas bajo la forma de imágenes de altar, o bien auspiciadas por las órdenes religiosas encargadas de la labor evangelizadora. En el primer grupo se puede mencionar las efigies de la Virgen de la Candelaria de Tenerife y la Almudena, procedentes del área de Madrid y de las islas Canarias, respectivamente, cuyos antecedentes fueron piezas escultóricas, de origen medieval, de las que se hicieron reproducciones pintadas para facilitar su transporte hacia el Nuevo Mundo. De la mano de dominicos y franciscanos, en el siglo XVI, llegaron las vírgenes del Rosario y de la Inmaculada, así como los mercedarios trajeron su imagen titular y los jesuitas favorecieron el culto a la Virgen de Loreto.
Algunas de éstas sufrieron transformaciones iconográficas que, como en el caso de la del Rosario, se le agregaron penachos de plumas y coloridas vestimentas para ella y el Niño, así como jarrones con flores en su altar. Esta fue la labor de los imagineros en ciudades como Pomata que, en el siglo XVIII, consiguieron exportar el prototipo creado como una forma de representación constante y repetida en toda el área andina. El virreinato peruano vio, además, el nacimiento de otras advocaciones en su propio suelo como resultado de la interpretación de las historias sagradas por parte de los pobladores andinos a las que se unieron las historias locales sobre milagros y apariciones.
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