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Museo Pedro de Osma
 

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La familia de Osma

   
 

El apellido Osma proviene del nombre Uxama con el que se designaba a una ciudad de los celtíberos arévacos ubicada en la sierra de Cameros, en la provincia de Soria, a orillas del río Ucero, en España.  En la primitiva época cristiana, fue, según se cree, sede de un obispado.

 
 

La cuna de los antepasados de Don Gaspar de Osma y Tricio fue el lugar denominado Osma del Duero, donde se encuentra Burgo de Osma. Su primer prelado luego de la Reconquista fue el monje francés Pedro de Vituris quien, hacia el año 1090, mandó construir a la otra orilla del Ucero, en el barrio denominado El Burgo, una primitiva iglesia catedral que luego fue reconstruida por el Caballero del Señorío del Duero de Osma para así convertirla en la segunda catedral más importante de España, A este Pedro de Vituris se le llamo desde entonces Pedro de Osma, quien luego fue santificado como San Pedro de Osma. El sepulcro de San Pedro de Osma se encuentra actualmente en el centro de la antigua Sala Capitular de la Catedral del Burgo de Osma. El sepulcro es magnífico y lleva un friso policromado con la historia del primer encuentro entre el señor de Osma y el entonces obispo Pedro.

 
 

En todos los tiempos los bienes eclesiásticos han excitado la codicia de los poderes seculares. La iglesia de Osma no era ciertamente muy rica en posesiones temporales; sin embargo, lo poco que tenía era codiciado por el que allí ejercía el Señorío, un caballero brutal que tenía más de moro que de cristiano y que, no contento con haber despojado a la Iglesia y al obispo, imponía, además, fuertes tributos a los fieles, En un principio San Pedro hizo oír su voz con dulzura; pidió que se devolviese el patrimonio de los pobres y que se dejase de atormentar a su rebaño. El caballero respondió con una negativa arrogante.  El obispo, justamente indignado, lanzó al culpable los rayos de la Iglesia y le apartó la comunión de los fieles. Al saber lo que él llamaba la audacia de Pedro, el ladrón se mostró irritadísimo, “me beberé la sangre del traidor” dijo en su lenguaje feroz.

 
 

Sin embargo, atacar al Santo en el Burgo, en medio de su pueblo que lo amaba tiernamente, le pareció demasiado atrevido.  Prefirió aguardar una circunstancia que le entregase en sus manos sin defensa y la ocasión no tardó en presentarse. Un día supo el caballero que Santo salía de la ciudad episcopal para dar principio a la visita a su diócesis, y fue a apostarse en el camino, cerca del pueblo de San Esteban de Gormaz, esperando degollar a su víctima al paso. Ya se acercaba el cortejo del santo y el asesino se preparaba a cometer su crimen sacrílego, cuando de pronto se vio acometido por agudos dolores; cayó al suelo y revolcó en el polvo con movimientos convulsivos. El demonio se había apoderado del desgraciado. Sus hombres de armas le rodearon, lanzando gritos desesperados. A sus gritos acudió el obispo y en el que se retorcía a sus pies reconoció a su enemigo. Sin mostrar ninguna emoción el piadoso pastor se posternó, oró por el infortunado y lo levantó curado del cuerpo y del alma. Desde entonces los bienes de la Iglesia no tuvieron defensor más intrépido que el señor de Osma.

 
 

 
 

 
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