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La Lección de Pedro de
Osma |
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Por:
Manuel SOLARI SWAYNE |
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En
Barranco, a la sombra de viejos ficus, tras una
romántica reja, cruzando el umbral de una puerta
esquinada y flanqueada por dos faroles se entra en el
Museo de Pedro de Osma. |
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Solía el coleccionista recibir visitas los martes.
Nunca se negó cuando le solicitaron que abriera las
puertas de su casa porque había una persona o un grupo
de ellas, nacionales o foráneos, interesados en
conocer su colección. Y él, caballero y sencillo,
cordial e ingenioso, hacía de cicerone de manera
admirable, exaltaba con entusiasmo la riqueza del arte
virreinal, el oro de marcos y retablos, la finura de
las tallas policromadas, la ingenuidad de los lienzos
de primitivos candores y dibujos incorrectos, la
prestancia de la platería, el rumbo del cuero
repujado, la severidad de los Cristos torturados. |
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Pedro de Osma recorría sala por sala, se detenía
ante las obras que consideraba de mayor valor
artístico o histórico -la zurbaranesca huida a
Egipto, el tintero de la Inquisición, la madona de
los Mendoza, el primoroso nacimiento ayacuchano-
iba informando sin la menor petulancia, contando
una anécdota alusiva, haciendo algún comentario
sobre tal o cual familiar del visitante si éste
era peruano, recordando un suceso histórico. |
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Todo ello dicho con ingenio, con agudeza. Era un
limeño con señorío y de ello daba buena muestra con su
hospitalidad generosa. La visita terminaba siempre con
un pisco sour en la casa pequeña, a la que se pasa
por un corredor, subterráneo sugestivamente iluminado. |
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Pero si es cierto que queremos recordar la
cortesía con que Pedro de Osma paseaba a los
visitantes por su sugestivo museo, lo que en
realidad deseamos exaltar en mayor grado es el
hecho de que parte de su fortuna la dedicara a la
adquisición de obras de arte peruano. De esa
manera no sólo impidió que fuesen a parar al
extranjero -como por desgracia ha ocurrido con
frecuencia- sino que formó una colección que ya
honra su memoria y que da prestigio al
país. Si todas las personas adineradas, como ya
han hecho varias de ellas -y principalmente los
hermanos Manuel y Miguel Mujica Gallo, Jaime Bayly,
así como Rafael Larco, Waldemar Schroeder Mendoza,
Manuel Moncloa O., José Antonio de Lavalle y Hugo
Cohen ya fallecidos- destinasen la suma que
creyeran oportuna a adquirir valiosas expresiones
de la cultura de aquí o de otros pueblos -tal el
caso; de la admirable colección de Femando
Berckemeyer Pazos, de la que Lima se enorgullece,
además, por poder apreciarla en una primorosa casa
de la calle de Matavilela- harían un bien
incalculable al Perú, con estos gestos
comprensivos y propios de espíritus cultivados, a
la larga le devolveríamos la alta categoría que
alcanzó a ocupar en el mundo cultural americano y
que, por razones históricas, legítimamente le
corresponde. |
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De los peruanos que así lo entiendan y sientan -uno de
ellos ha sido Pedro de Osma- depende que lo logremos.
La lección que nos deja no debe esfumarse con su
lamentable desaparición. Al contrario. Es menester que
la recojan y la pongan en práctica aquellos que aman
la belleza, sienten el latido de la cultura y
comprenden que es imperioso hacerla llegar a todos.
Porque todos necesitamos que nos sacuda el alma. |
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